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No eres el centro
Publicado el 16 de septiembre de 2026 · 5 min de lectura
No eres el centro (y esa es la mejor noticia que va a escuchar hoy)
Hay una pregunta que casi nunca hacemos en voz alta, pero que gobierna buena parte de nuestra vida cristiana: ¿qué puede hacer Dios por mí?
No es una pregunta ilegítima. La Biblia está llena de promesas, y Dios mismo invita a su pueblo a acudir a Él con sus cargas. Pero cuando esa pregunta se convierte en el filtro con el que leemos toda la fe —cuando la oración, la adoración y hasta la doctrina se evalúan primero por lo que nos entregan a nosotros—, algo se ha invertido silenciosamente. Hemos empezado a leer el cristianismo como si la historia girara alrededor nuestro, y Dios apareciera en ella como un recurso para nuestros propósitos.
El evangelio dice otra cosa. No nos coloca en el centro de la historia; nos muestra quién ocupa realmente ese lugar: Dios revelado en Cristo.
Un desplazamiento que no se siente como pérdida
La primera reacción, cuando se plantea esta idea, suele ser de alarma. Si Dios es el centro y no nosotros, ¿significa eso que no importamos? ¿Que nuestras oraciones, nuestro dolor, nuestras preguntas quedan reducidas a un detalle secundario?
Aquí está el punto que con más frecuencia se malentiende: nuestra vida tiene sentido precisamente porque Dios es el centro, no porque nosotros lo seamos. Un planeta no pierde su lugar en el sistema solar por no ser el sol; lo encuentra ahí. Quitar al sol del centro no libera al planeta: lo deja sin órbita, sin luz y sin propósito.
Lo mismo ocurre con nosotros. Cuando la vida se organiza alrededor de nuestros deseos, nuestras metas o incluso nuestra búsqueda espiritual, no ganamos más importancia: la perdemos, porque quedamos sueltos de la única realidad que puede darle peso permanente a nuestra existencia. Colosenses lo dice sin rodeos: todas las cosas fueron creadas por Cristo y para Él, y en Él subsisten. Esa es la base de todo lo demás. No al revés.
Lo que se nota cuando el centro se ha movido
Este desplazamiento no siempre se anuncia con una doctrina explícita. Casi nunca alguien afirma abiertamente: "Dios existe para servirme." Pero se filtra en hábitos pequeños y muy comunes en la vida de iglesia:
- Oramos casi exclusivamente por lo que necesitamos, y rara vez por conocer mejor a quién le oramos.
- Medimos una buena predicación por cuánto "me sirvió" o "me tocó", más que por cuánto reveló fielmente a Dios.
- Buscamos una iglesia que "me alimente", con el mismo lenguaje de consumo que usaríamos para elegir un servicio.
- Cuando la vida se complica, la pregunta que primero aparece es "¿por qué me pasa esto a mí?", y rara vez "¿qué me está mostrando esto sobre quién es Dios?"
Ninguna de estas cosas es, por sí sola, una herejía. El problema no está en sentir estas cosas —son reacciones humanas comprensibles—, sino en que se hayan vuelto el eje de nuestra fe sin que nos diéramos cuenta. Un cristianismo centrado en nosotros mismos no necesariamente niega a Dios con la boca; simplemente lo relega, en la práctica, al lugar de proveedor.
El centro que la cruz revela
Si hay un lugar donde este asunto se ve con total claridad, es la cruz. Es tentador —y muy común— presentar la cruz principalmente como la solución a nuestro problema: éramos culpables, merecíamos condena, y Cristo cargó con ella para que nosotros quedáramos libres. Todo esto es cierto. Pero si se queda ahí, la cruz termina funcionando como un capítulo más de una historia que sigue siendo, en el fondo, sobre nosotros.
La cruz no gira alrededor de nosotros. Gira alrededor de la justicia y el amor de Dios, plenamente exhibidos al mismo tiempo, sin que uno le reste al otro. Pablo no puede hablar de la cruz sin terminar hablando de la gloria de Dios: "para manifestar su justicia... a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Romanos 3:26). Nosotros somos los beneficiarios de la cruz, sin duda alguna. Pero no somos su razón última de ser. Su razón última de ser es que Dios sea glorificado siendo, al mismo tiempo, justo y quien justifica.
Cuando entendemos esto, algo cambia en la forma de recibir el evangelio: dejamos de acercarnos a la cruz preguntando primero "¿qué gano yo?", y empezamos a asombrarnos primero de quién es Dios para haber hecho esto. La gratitud no desaparece; se vuelve más profunda, porque ya no depende de que sigamos "sacándole provecho" a la cruz, sino de haber visto quién es el que se entregó en ella.
Una pregunta para hacernos como iglesia, no solo como individuos
Este desplazamiento no es solo personal. También puede instalarse en la vida de una congregación entera, casi sin que nadie lo proponga. Una iglesia puede terminar organizando su ministerio, su música y hasta su predicación alrededor de la pregunta "¿qué necesita nuestra gente?", sin hacerse nunca la pregunta anterior: "¿estamos mostrando fielmente quién es Dios?"
Las dos preguntas no son enemigas. Una iglesia sana atiende necesidades reales y predica con compasión pastoral. Pero cuando la primera pregunta se independiza de la segunda, el resultado —con el tiempo— es un cristianismo que sabe mucho de bienestar y poco de asombro. Una congregación puede crecer en número y, al mismo tiempo, ir perdiendo la capacidad de arrodillarse ante un Dios que no gira en torno a ella.
Vale la pena que como líderes, como maestros y como congregación nos hagamos esta pregunta con honestidad: si alguien de afuera escuchara diez predicaciones seguidas de nuestra iglesia, ¿de quién saldría hablando más: de Dios o de nosotros mismos?
No es resignación, es descanso
Puede sonar, hasta aquí, como un llamado a que dejemos de importar. Es exactamente lo contrario. Descubrir que no somos el centro es, en realidad, una de las noticias más liberadoras que existen.
Si todo dependiera de que nosotros mantuviéramos el centro —nuestra fe, nuestro desempeño, nuestra capacidad de sostenernos—, la carga sería insoportable. Pero el centro ya está ocupado, y no por nosotros. Está ocupado por Aquel que sostiene todas las cosas con su palabra, que no se cansa, que no titubea y que ha prometido terminar la obra que empezó en cada uno de los que son suyos. Podemos descansar precisamente porque el peso de sostener la historia nunca estuvo sobre nuestros hombros.
Esa es la invitación de este momento: dejar de preguntar primero qué puede hacer Dios por nosotros, y empezar a preguntar quién es Él. No porque las promesas dejen de importar, sino porque solo cuando conocemos bien a quién le pertenecen esas promesas, podemos sostenerlas con la fe que merecen.
No somos el centro. Y por eso, precisamente, nuestra vida puede tener sentido.
Este artículo forma parte de la reflexión que acompaña el próximo libro de la colección Raíz y Roca, dedicado a confrontar bíblicamente el cristianismo centrado en nosotros mismos.
