Apologética
¿Por qué Dios permite el sufrimiento?
Publicado el 22 de septiembre de 2026 · 8 min de lectura
Casi nadie pregunta por qué Dios permite el sufrimiento en abstracto. Se pregunta en una sala de espera. La Biblia no esquiva la pregunta: la hace ella misma.
El salmista clama: «¿Hasta cuándo, oh Jehová, me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?» (Salmo 13:1-2). Habacuc reclama: «¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?» (Habacuc 1:2-3). Si tú estás preguntando lo mismo esta noche, no eres el primero, y no estás fuera de la fe por preguntarlo.
Este artículo no te va a entregar una explicación que cierre todo. Nadie puede prometerte eso con honestidad. Pero sí puede mostrarte lo que la Biblia realmente dice —y lo que decide no decir— sobre el dolor, y a quién señala al final.
¿Es falta de fe preguntarle a Dios por qué?
No. El lamento tiene un lugar central en la Escritura: los salmos de queja son, de hecho, el tipo de salmo más numeroso. Algunos, como el Salmo 88, terminan sin resolverse; el salmista se queda a oscuras y ahí termina el poema. Jesús mismo, colgado en la cruz, preguntó por qué: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46, citando el Salmo 22:1). Si el Hijo de Dios hizo esa pregunta, tú puedes hacerla también. Este tema —cómo se lamenta bíblicamente sin dejar de confiar— lo desarrollamos con más espacio en Primavera gris.
Lo que la Biblia sí dice: el mundo no es como Dios lo hizo
Génesis empieza con un veredicto: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31). No hay enfermedad ahí, ni pérdida, ni sala de espera. Eso vino después, cuando el pecado entró en el mundo y, con él, la muerte: «como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres» (Romanos 5:12). Dios mismo describe las consecuencias en Génesis 3:16-19: dolor, trabajo con sudor, y finalmente polvo. Pablo lo extiende a toda la creación: «toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (Romanos 8:20-22). Por eso hay tanta maldad en el mundo, por eso existen las enfermedades: no porque Dios lo haya diseñado así, sino porque vivimos en un mundo caído, torcido respecto de su diseño original.
Pero eso no significa que cada sufrimiento particular sea un castigo por un pecado particular. Cuando los discípulos vieron a un hombre ciego de nacimiento y preguntaron de quién era la culpa, Jesús cortó la pregunta de raíz: «No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Juan 9:1-3). Cuando le hablaron de una tragedia reciente, respondió con la misma dureza: no, esas personas no eran más pecadoras que las demás (Lucas 13:1-5). Y al final del libro de Job, Dios reprende con enojo a los tres amigos que pasaron capítulos enteros tratando de probar que el sufrimiento de Job era su culpa: «no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job» (Job 42:7). Así que si te estás preguntando «¿mi enfermedad es un castigo?», la respuesta bíblica es clara: no lo sabes, y en la mayoría de los casos no lo es. Ese razonamiento —dolor igual a culpa— es precisamente el que Dios condena.
¿Dios lo manda o lo permite?
En el libro de Job, Satanás no puede tocar nada sin permiso: «He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él» (Job 1:12), y luego: «él está en tu mano; mas guarda su vida» (Job 2:6). El mal actúa, pero siempre dentro de un límite que Dios pone. Nada escapa a su control, ni siquiera lo peor.
Al mismo tiempo, la Biblia es igual de clara en otra dirección: «Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Santiago 1:13). Dios no es el autor del mal. Sostener estas dos verdades juntas —control total y ninguna culpa— es difícil, y la Escritura no siempre explica el mecanismo. Lo que sí muestra, una y otra vez, es que Dios puede tomar lo que otros hicieron con mala intención y encaminarlo hacia el bien. José se lo dijo a sus propios hermanos, los que lo vendieron como esclavo: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo» (Génesis 50:20). Y el mayor ejemplo es la cruz misma: la ejecución más injusta de la historia fue, a la vez, «entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios» (Hechos 2:23). Lo peor que los hombres pudieron hacer se convirtió en la salvación del mundo.
Lo que Dios hace con el dolor, sin que el dolor sea bueno
Uno de los versículos más citados —y más malinterpretados— es Romanos 8:28. No dice «todo pasa por algo». Dice: «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien». Y el versículo siguiente define ese bien, para que no lo llenemos con lo que nosotros queramos: ser «hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:28-29). El bien que Dios promete no es que todo salga como uno esperaba. Es que uno se parezca más a Cristo.
Por eso Pablo puede escribir, sin cinismo, que «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza» (Romanos 5:3-5), y Santiago puede pedir que consideremos las pruebas como gozo, «sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia» (Santiago 1:2-4). El dolor puede formar un carácter que la comodidad nunca formaría. También puede enseñarte a consolar: «nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación» (2 Corintios 1:3-4).
Pero nótese lo que Dios no hizo con Pablo. Cuando le pidió tres veces que le quitara «un aguijón en la carne», Dios no se lo quitó, y tampoco le explicó qué era exactamente ni por qué tenía que sufrirlo. Le respondió otra cosa: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:7-10). No una razón. Una promesa de suficiencia.
Lo que la Biblia no explica
Y aquí hay que ser honestos con el límite. Job nunca supo lo que nosotros, como lectores, vemos en los capítulos 1 y 2 de su libro: la conversación entre Dios y Satanás que originó todo su sufrimiento. Dios jamás se lo contó. Cuando finalmente le habla, no le da una explicación: le hace preguntas. «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?» (Job 38:1-4). Job no recibe respuestas; recibe una Presencia tan grande que responde: «me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:1-6). Habacuc termina su libro sin la respuesta que exigió al principio, pero con esta decisión: «con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (Habacuc 3:17-19).
La Biblia misma pone un letrero ahí: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros» (Deuteronomio 29:29). Y explica por qué no podemos exigir entenderlo todo: «mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos» (Isaías 55:8-9). Confiar sin tener todas las respuestas no es lo mismo que creer sin razones para hacerlo; eso lo tratamos aparte en La fe no es un salto a oscuras. Este es, de hecho, el terreno que recorre El Dios que no explicó: catorce historias bíblicas donde la respuesta que llegó no fue una teoría.
Dios no se quedó mirando de lejos
Frente a la tumba de su amigo Lázaro, sabiendo que en minutos lo iba a resucitar, Jesús no se quedó tranquilo esperando el milagro. «Se estremeció en espíritu y se conmovió», y luego, la frase más corta y más citada de todo el Nuevo Testamento: «Jesús lloró» (Juan 11:33-35). No lloró por ignorancia de lo que iba a pasar. Lloró porque la muerte, incluso una que estaba a punto de revertir, seguía siendo algo terrible.
Horas antes de su propia muerte, en Getsemaní, pidió que se le quitara lo que venía: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa» (Mateo 26:36-39), y su angustia fue tan real que «era su sudor como grandes gotas de sangre» (Lucas 22:44). Dios, hecho hombre, no observó el sufrimiento desde afuera: lo atravesó desde adentro. Por eso su nombre es Emanuel, «Dios con nosotros» (Mateo 1:23), y por eso «cercano está Jehová a los quebrantados de corazón» (Salmo 34:18) no es una frase bonita, sino la descripción de alguien que ya estuvo ahí. Esta es la respuesta que la Biblia sí da, con todas sus letras: no una teoría, sino una Presencia.
El sufrimiento no tiene la última palabra
Nada de esto minimiza lo que duele hoy. Pero hay un final que ya se conoce. «Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Romanos 8:18); lo que se ve es temporal, «pero las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4:16-18). La resurrección de Cristo no es una metáfora de esperanza: es el anticipo concreto de la nuestra, cuando la muerte misma sea «sorbida en victoria» (1 Corintios 15:54-57). Y entonces, dice el último libro de la Biblia, «enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto» (Apocalipsis 21:4-5).
Si estás sufriendo ahora
No necesitas entender esto para que Dios te sostenga. Puedes lamentarte, con toda la crudeza del Salmo 88 si hace falta, sin que eso sea una falla en tu fe. Y no fuiste hecho para atravesar esto solo: busca a tu iglesia local, y si quieres, puedes dejar tu petición en nuestra página de peticiones de oración.
Si sientes que el peligro es ahora, llama al 131 (SAMU) o al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud, gratuita las 24 horas. Si eres niño, niña o adolescente, también existe la Línea Libre (1515), de la Fundación para la Confianza.
Si quieres recorrer esto más despacio, El Dios que no explicó acompaña catorce historias de la Escritura donde hombres y mujeres lidiaron con el silencio, la injusticia y la pérdida.

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