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Cultura y fe

Halloween: ¿Solo un disfraz?

Halloween: ¿solo un disfraz? Una mirada bíblica para quienes piensan antes de decidir

Cada 31 de octubre pasa lo mismo. Calabazas en las vitrinas, disfraces en los colegios, dulces en las bolsas y, en algún grupo de amigos, la pregunta de siempre: «¿Qué tiene de malo? Es solo diversión». Es una pregunta legítima, y merece una respuesta mejor que un «porque no» o un «da igual». Vamos por partes.

De dónde viene esta fiesta

El nombre es una contracción de All Hallows' Eve, la «víspera de Todos los Santos». La Iglesia medieval dedicó el 1 de noviembre a recordar a los santos, y la noche anterior quedó asociada a esa fecha.

Pero la historia no termina ahí. Esas mismas fechas coincidían con Samhain, una celebración de los pueblos celtas que marcaba el fin de la cosecha y el inicio del invierno. Según las fuentes que conservamos, en esa noche se creía que el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía difuso.

Conviene ser honestos: los historiadores debaten cuánta continuidad directa hay entre Samhain y el Halloween actual. No todo lo que se repite en internet sobre «rituales druidas» está bien documentado. Lo que sí es claro es que la fiesta de hoy mezcla tradiciones populares europeas, costumbres que crecieron en Estados Unidos durante el siglo XX y una enorme industria comercial que la ha vuelto global.

Este dato importa para algo: la pregunta bíblica no depende únicamente del origen, sino de lo que la fiesta celebra y normaliza hoy.

Lo que hoy se celebra

Si miramos lo que Halloween pone en el centro, el patrón es bastante consistente: la muerte como entretenimiento, lo macabro como estética, y lo oculto como juego. Fantasmas, brujas, demonios, espíritus, cementerios de decoración, casas del terror.

Nada de eso es casual. Es el vocabulario visual de una fiesta que toma lo que la Biblia trata con seriedad y lo convierte en disfraz.

Lo que dice la Biblia

1. Dios no trata lo oculto como un juego. En Deuteronomio 18:9-12, Dios prohíbe a su pueblo la adivinación, la hechicería y el consultar a los muertos, y lo llama abominación. No lo presenta como una rareza cultural: lo presenta como algo que Él aborrece.

2. El cristiano no se asocia con las tinieblas. Pablo escribe: «No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas» (Efesios 5:11). El texto no dice «obsérvenlas con curiosidad» ni «adáptenlas con buen humor». Dice que no participemos.

3. Hay realidades espirituales detrás de ciertas prácticas. En 1 Corintios 10:20-21, Pablo advierte que lo que se ofrece a ídolos se ofrece, en realidad, a demonios, y que no podemos participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. El punto no es que los disfraces tengan poder mágico, sino que hay cosas con las que un creyente no debe identificarse.

4. La muerte no es una broma. Para la Biblia, la muerte es «el postrer enemigo» (1 Corintios 15:26). Cristo la venció en la cruz y en la resurrección. Convertirla en decoración festiva es una forma de banalizar justamente aquello de lo que Cristo vino a rescatarnos.

5. Somos hijos de la luz. «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas» (Juan 8:12). La identidad del creyente no es un disfraz que se pone y se saca: es una pertenencia.

Las objeciones más comunes

«Es solo para pasarlo bien». Puede que para ti lo sea. Pero la pregunta de 1 Tesalonicenses 5:21-22 es otra: «Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal». Examinar es pensar, no seguir la corriente.

«Yo no creo en esas cosas, así que no me afecta». Es cierto que un disfraz no te hace brujo. Pero la cuestión no es si tú crees en el poder de la bruja de plástico, sino qué estás celebrando, qué estás normalizando y qué mensaje das a quienes te rodean. El cristiano también testifica con lo que decide no celebrar.

«Entonces los cristianos no podemos ni salir de la casa ese día». No es eso. Un creyente puede vivir en una cultura sin adoptar todo lo que esa cultura celebra (Juan 17:15-16: en el mundo, pero no del mundo). Y hay un asunto distinto: la libertad de conciencia (Romanos 14) no significa que todo da igual, significa que cada uno debe actuar convencido ante Dios, con la Palabra en la mano. Lo que no cabe es decidir sin haberlo pensado.

«Pero la fiesta tiene origen cristiano». En parte, sí, pero eso mismo la vuelve interesante: lo que alguna vez fue una conmemoración de los santos hoy gira en torno a lo macabro y lo oculto. Que algo tenga raíces cristianas no garantiza que hoy exprese algo cristiano.

¿Y entonces qué hago?

Tres ideas concretas para jóvenes que quieren vivir esto con convicción y no con rareza:

  • No participes con convicción, no con arrogancia. Quien se abstiene para sentirse superior se pierde el punto. Tu respuesta a un amigo que te invita puede ser simple y amable: «Gracias, prefiero no, pero me encantaría juntarnos otro día».
  • Aprovecha la conversación. Halloween abre preguntas que el resto del año nadie hace: ¿qué pasa cuando morimos?, ¿existe el mal?, ¿hay esperanza? Esas son preguntas a las que el evangelio sí responde.
  • Celebra lo que sí vale la pena celebrar. Reúnete con tu iglesia o con amigos, comparte comida, agradece a Dios por la vida que Cristo compró para ti. La alternativa a la oscuridad no es el aburrimiento, es la luz.

Para cerrar

Halloween no es un invento que nos obligue a gritar escándalo. Tampoco es una inocencia que debamos defender a toda costa. Es una fecha que nos pide lo mismo que pide cualquier otra decisión: pensar, examinar a la luz de la Escritura y decidir ante Dios.

La pregunta final no es «¿qué tiene de malo?», sino otra más honesta: ¿esto honra a Cristo y refleja a quien dice que soy?

Si la respuesta te resulta incómoda, vale la pena quedarse un rato con ella.

¿Solo un disfraz?
¿Solo un disfraz?

Por Claudio Bascur López · Publicado el 28 de octubre de 2026 · 5 min de lectura

Enseña la Biblia y acompaña el discipulado de nuevos creyentes desde Chile, con el ministerio Raíz y Roca.

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