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Doctrina

¿Qué se celebra el 31 de octubre?

¿Qué se celebra el 31 de octubre?

En Chile, el 31 de octubre es feriado desde 2008. La ley que lo creó le puso nombre: Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes. Aun así, si preguntas en la calle qué se celebra ese día, lo más probable es que te hablen de disfraces y dulces, o que te respondan encogiéndose de hombros.

La fecha no se eligió al azar. Recuerda lo que hizo un monje alemán el 31 de octubre de 1517 y, sobre todo, lo que vino después: la iglesia tuvo que volver a responder una pregunta que cada generación de creyentes tiene que responder de nuevo. ¿Quién tiene la última palabra sobre lo que creemos?

Una carta y una puerta

Martín Lutero era monje agustino y profesor de Biblia en la universidad de Wittenberg, en Alemania. En 1517 recorría la región Juan Tetzel, un fraile dominico que predicaba indulgencias. Según la enseñanza de la época, una indulgencia rebajaba el castigo pendiente por los pecados, incluso el de los difuntos en el purgatorio. La gente entendía algo más simple: que el perdón se podía comprar. Lo recaudado servía, entre otras cosas, para financiar la nueva basílica de San Pedro en Roma.

Lutero escribió noventa y cinco tesis para un debate académico sobre el tema, y el 31 de octubre se las envió por carta al arzobispo de Maguncia. La tradición cuenta que ese mismo día las clavó en la puerta de la iglesia del castillo, que servía de tablón de anuncios de la universidad. Algunos historiadores dudan del martillo; nadie duda de la carta.

La primera tesis decía: «Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo "Arrepentíos", quiso que toda la vida de los creyentes fuera arrepentimiento». Se refería a las palabras de Jesús en Mateo 4:17. La vigésima séptima apuntaba directo a Tetzel: predican invenciones humanas, decía, quienes aseguran que el alma sale volando del purgatorio apenas suena la moneda al caer en la caja.

Lutero todavía no lo veía todo. En esas tesis seguía aceptando el purgatorio y la autoridad del papa. Pero había tocado algo que la Biblia ya decía con toda claridad:

«sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pedro 1:18-19)

El perdón no está a la venta porque ya fue pagado, y con un precio que ningún hombre tiene en el bolsillo.

El versículo que le cambió la vida

Lo que movía a Lutero no era solo la indignación ante un abuso. Llevaba años peleando con un texto:

«Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.» (Romanos 1:16-17)

Él entendía «la justicia de Dios» como la justicia con que Dios castiga al pecador, y años después confesó que había llegado a odiar esa expresión. ¿Cómo podía ser buena noticia que Dios revelara una justicia que nadie alcanza? Hasta que se fijó en cómo termina el versículo. La justicia de la que habla Pablo no es la que Dios exige y nosotros no podemos pagar, sino la que Dios regala al que cree. El justo vive por la fe, como ya lo había dicho el profeta Habacuc (Habacuc 2:4).

Pablo lo resume más adelante en una frase: «Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley» (Romanos 3:28). La Reforma no inventó esa doctrina. La desenterró. Si nunca te has detenido a mirar en qué consiste exactamente esa buena noticia, lo explicamos paso a paso en ¿Qué es el Evangelio?.

La pregunta de fondo

Las tesis encendieron una discusión que en menos de cuatro años llegó hasta el emperador. En abril de 1521, en la ciudad de Worms y ante Carlos V, le exigieron a Lutero que se retractara de sus escritos. Su respuesta, en lo esencial, fue esta: a menos que lo convencieran con el testimonio de las Escrituras o con una razón evidente, no podía retractarse, porque su conciencia estaba cautiva de la Palabra de Dios.

Ahí está el fondo del asunto. No era un pleito entre un monje y un papa, sino un choque entre dos respuestas a la misma pregunta: ¿qué autoridad está por sobre todas las demás? Con el tiempo, lo que la Reforma recuperó se resumió en cinco frases latinas: sola Scriptura, sola fide, sola gratia, solus Christus, soli Deo gloria. Solo la Escritura, solo la fe, solo la gracia, solo Cristo, solo a Dios la gloria. La primera sostiene a las otras cuatro, porque sin ella no habría cómo saber que las otras son ciertas.

Sola Scriptura no significa que la Biblia sea el único libro que vale la pena leer, ni que la historia de la iglesia no sirva para nada. Significa que la Escritura es la única autoridad que no se equivoca, y por eso juzga a todas las demás:

«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.» (2 Timoteo 3:16-17)

Y aquí conviene mirarse al espejo, porque sola Scriptura no es un arma para apuntar hacia afuera. Es una regla que se aplica primero en casa. Hoy, en una iglesia evangélica, el rival de la Biblia rara vez es un concilio. Suele estar más cerca: una impresión que alguien presenta como «Dios me dijo», una costumbre que nadie se atreve a revisar, una opinión que se impone porque todos la comparten, o simplemente lo que uno siente. La respuesta es la misma para todas: Dios habla hoy por su Palabra escrita, y cualquier cosa que alguien presente como palabra de Dios se mide con ella. Los creyentes de Berea hicieron eso con el mismo apóstol Pablo, «escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Haz lo mismo con cualquier predicador. También con este blog.

Una Biblia en tu idioma

Si la Escritura es la autoridad final, el pueblo tiene que poder leerla. Lutero publicó su traducción del Nuevo Testamento al alemán en 1522. En castellano, la historia tiene nombre propio.

Casiodoro de Reina era monje en el monasterio de San Isidoro del Campo, cerca de Sevilla, donde un grupo de religiosos había empezado a leer la Biblia por su cuenta. En 1557, con la Inquisición encima, huyó. Pasó doce años trabajando en su traducción mientras cambiaba de ciudad en ciudad por Europa, perseguido y casi sin dinero. En 1569 publicó en Basilea la primera Biblia completa impresa en castellano traducida desde el hebreo y el griego. Se la conoce como la Biblia del Oso, por el grabado de su portada. Para entonces, en Sevilla, la Inquisición ya lo había quemado en efigie. En 1602, Cipriano de Valera publicó en Ámsterdam una revisión de esa traducción.

La Reina-Valera 1960 que se lee cada domingo en tantas iglesias de Chile desciende de ese trabajo. Cuando abres tu Biblia, estás leyendo el fruto de doce años de un fugitivo.

Lo que no celebramos

Conviene decir también lo que el 31 de octubre no es. No es el día de un héroe sin manchas. Lutero tuvo errores serios, y en su vejez escribió contra los judíos páginas que ningún cristiano puede defender.

Tampoco es el día en que la reforma de la iglesia quedó terminada. Los grandes reformadores conservaron prácticas que el Nuevo Testamento no enseña: el bautismo de niños que todavía no pueden creer, y una iglesia unida al Estado, que usaba la espada en asuntos de fe. En 1527, las autoridades de Zúrich, ciudad ya protestante, ahogaron en el río a Félix Manz por bautizar a creyentes que habían sido bautizados de niños.

Otros llevaron el principio de la Reforma hasta donde la Escritura lo lleva. Si la Biblia es la autoridad final, ¿dónde bautiza el Nuevo Testamento a alguien que no ha creído? Su patrón es otro: «los que recibieron su palabra fueron bautizados» (Hechos 2:41). En 1609, en Ámsterdam, un grupo de exiliados ingleses formó una iglesia que bautizaba solo a creyentes. Uno de ellos, Thomas Helwys, volvió a Inglaterra y fundó en las afueras de Londres la primera iglesia bautista en suelo inglés. Le hizo llegar al rey un libro que defendía la libertad de conciencia, con una dedicatoria escrita a mano donde le recordaba que el rey es un hombre mortal y no Dios. Murió en la cárcel de Newgate pocos años después.

Las iglesias bautistas miramos la Reforma con gratitud y con distancia a la vez. Agradecemos el evangelio que recuperó. Y seguimos la regla que la movió, también en los puntos en que ella misma se quedó corta.

Qué hacer con este 31 de octubre

Para un creyente, aprovechar bien este día no requiere nada solemne. Bastan tres cosas concretas.

Lee Romanos del capítulo 1 al 5 de una sola vez. Es el camino que recorrió Lutero, y toma menos de media hora.

Hazte una pregunta honesta: cuando la Biblia dice algo que no te gusta, ¿qué tiene la última palabra en tu vida? La respuesta te dirá si sola Scriptura es tu convicción o solo tu etiqueta.

Y da gracias. Durante siglos, leer la Biblia en tu idioma podía costar la cárcel, el destierro o la vida.

Lutero murió en 1546. Casiodoro de Reina, en 1594. Thomas Helwys, en una celda de Londres. El libro por el que lo arriesgaron todo está hoy sobre tu velador, en castellano, y nadie va a venir a quitártelo.


Para seguir. Si te preguntas cómo pudo llegar intacto hasta tu Biblia un texto escrito hace dos mil años, lee ¿Es confiable la Biblia?. Y si quieres ver en qué creemos en Raíz y Roca, punto por punto y con sus textos bíblicos, está nuestra Declaración de fe.

Lutero, 95 tesis
Lutero, 95 tesis

Por Claudio Bascur López · Publicado el 19 de octubre de 2026 · 8 min de lectura

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